sábado, 15 de julio de 2017

La leyenda de John Wayne Gacy


El lector que a partir de ahora va a adentrarse en la historia real de John Wayne Gacy descubrirá que el mal humano se esconde en lugares todavía menos accesibles que una arteria cerebral colapsada, como la que tenía Gacy desde que se cayera en el jardín de su casa cuando era niño y que, según algunos expertos, transformó su cerebro en una mente psicopática. Quizás el mal anide en las entrañas del alma de algunos hombres que parecen, pero sólo parecen, buenos.

No cabría otra forma de calificar a un ciudadano tan ejemplar como John. Era un eficaz hombre de negocios, dedicado plenamente a hacer crecer su empresa de albañilería y decoración, a cuidar de su casa, a amar a su segunda esposa y a cultivar las relaciones sociales. El tiempo libre siempre lo dedicaba a los demás: organizaba las fiestas vecinales más famosas del barrio, se vestía de payaso y amenizaba las tardes de los niños ingresados en el hospital local. Incluso fue tentado por la política y se presentó como candidato a concejal. Y lo habría llegado a ser si no se hubiera cruzado en su camino el joven Jeffrey Rignall y su tenaz lucha por la supervivencia.

El 22 de mayo de 1978, Rignall decidió salir a tomar unas copas en alguno de los bares del New Town de Chicago. Mientras paseaba, ya de noche, un coche le cortó el paso. Un hombre de mediana edad y peso excesivo se ofreció para llevarle a la zona de bares más famosa del lugar. Rignall, osado, despreocupado, acostumbrado a viajar haciendo auto stop y, sobre todo, harto de pasar frío, aceptó la invitación sin sospechar que aquel hombre, en un descuido, le iba a atacar desde el asiento del conductor y a taparle la nariz violentamente con un pañuelo impregnado de cloroformo.


Lo siguiente que Rignall pudo recordar fue la imagen de su nuevo colega desnudo frente a él, exhibiendo una colección de objetos de tortura sexual y describiendo con exactitud cómo funcionaban y cuánto daño podrían llegar a producir. Rignall pasó toda la noche aprendiendo sobre sus propias carnes mancilladas una y otra vez la dolorosa teoría que su secuestrador iba explicando. A la mañana siguiente, el joven torturado despertaba bajo una estatua del Lincoln Park de Chicago, completamente vestido, lleno de heridas, con el hígado destrozado para siempre por el cloroformo, traumatizado… pero vivo.

Tenía el triste honor de ser una de las pocas víctimas que escaparon a la muerte después de haber pernoctado en el salón de torturas de John Wayne Gacy. En sólo seis años, 33 jóvenes como él vivieron la misma experiencia, pero no pudieron contarlo. A veces, el camino hacia el mal es inescrutable, se esconde y aflora, parece evidente y vuelve a difuminarse. Toda la vida de Gacy resultó una constante sucesión de idas y venidas. Fue torpe en los estudios, se matriculó en cinco universidades y tuvo que abandonarlas todas; sin embargo, terminó su último intento de estudiar Ciencias Empresariales y se licenció con brillantez. Hasta llegó a ser un hábil hombre de negocios. 

Se enroló en cuantas asociaciones caritativas, cristianas y civiles pudo, pero mantuvo una oscura relación con su primera esposa, llena de altibajos y cambios de temperamento. Tuvo dos hijos a los que amó y respetó, sin que eso nublara un ápice su eficacia para atraer y matar a otros adolescentes. Resulta, incluso, paradójico que un hombre obeso y aquejado de graves problemas en la espalda fuera capaz de atacar, maltratar, matar y enterrar a jóvenes llenos de vigor. Pero lo hizo una y otra vez, hasta en 33 ocasiones.

Pero si fue doloroso encontrar los cadáveres de 33 jóvenes incautos, peor resultó saber que su asesino ya había dado muestras de lo que era capaz de hacer. Poco después de casarse por primera vez, comenzaron a circular insistentes rumores sobre la tendencia de Gacy a rodearse de jóvenes varones. Rumores que sus vecinos vieron confirmados cuando el amable John fue acusado formalmente por un juez de violentar sexualmente a un niño de la ciudad de Waterloo. 
Él siempre sostuvo que las acusaciones no eran más que un montaje creado por el sector crítico de una de las asociaciones cívicas a las que pertenecía. Pero cuatro meses más tarde, la mesa del juzgado recibía la documentación de una nueva denuncia. La propia víctima del supuesto ataque sexual había sido apaleada. El agresor, un joven de 18 años con dudosa reputación, declaró que fue Gacy quien le pagó para escarmentar al niño que le acusaba. 

El caso estaba claro: Gacy fue sentenciado a 10 años de prisión en la penitenciaría de Iowa. La historia de un asaltador de menores parecía tocar felizmente a su fin…, cuando en realidad, no había hecho más que empezar. Incomprensiblemente, Gacy salió de la cárcel un año y medio después, aireando un indulto concedido en atención a su buen comportamiento y las “evidentes muestras de reforma dadas por el reo”. 

El juez no tuvo duda de que aquel preso de 27 años se había transformado en otro hombre: lo que no supo hasta tres años después es que el nuevo John Wayne Gacy era aún peor. Gacy no sólo se las arregló para engañar al juez, también engañó a los vecinos de Sumerdale Avenue que lo acogieron en su segunda vida; a Lillie Grexa, una mujer divorciada y madre de dos hijos que se enamoró de él y aceptó su propuesta de matrimonio; a los clientes de una brillante empresa de reformas de albañilería que él mismo montó y, lo que es peor, a decenas de jóvenes varones que acudían a casa de Gacy bajo la promesa de un trabajo bien remunerado como albañiles.



La vida social del hombre que los fines de semana se vestía de payaso para entretener a los niños enfermos en varios hospitales subía como la espuma. Dos de sus fiestas más sonadas, una al estilo “vaquero” y otra hawaiana, llegaron a congregar en su casa a más de trescientas personas. Todas regresaron a sus domicilios comentando dos cosas: lo agradable que era aquel ciudadano regordete, bonachón y trabajador y lo mal que olía su jardín. 

Porque era la comidilla del barrio que un terrible hedor fluía por las calles cercanas a la casa de Gacy y su segunda esposa. Ésta estaba convencida de que bajo las cañerías de su casa había algún nido de ratas muertas. Él aseguraba que el olor se filtraba desde un vertedero cercano y siempre estaba posponiendo una supuesta visita al ayuntamiento para tratar de arreglar el problema. Ningún vecino supo reconocer el tufo de los restos humanos, por eso, ninguno llegó a sospechar el acontecimiento que estaba a punto de sacudir la armoniosa vida de Sumerdale Avenue.

En diciembre de 1978, la madre del joven de 15 años Robert Piest empezó a impacientarse al ver que no regresaba del trabajo. El chico se ganaba un dinero extra ayudando en una farmacia, y estaba a punto de entrevistarse con un tal Gacy que le había ofrecido mejorar su situación si trabajaba como albañil para él. La desaparición de Robert fue puesta en conocimiento del teniente Kozenczak del Departamento de Policía de Des Plaines. 

Entre sus pesquisas, el agente hizo una llamada a Gacy, ya que su nombre aparecía entre los papeles del chico. Por supuesto, el ciudadano Gacy no acudió a la cita (se excusó diciendo que estaba enfermo), pero se presentó voluntariamente en la comisaría al día siguiente.

Para entonces, el teniente se había encargado de estudiar el historial penal de aquel hombre (sentenciado e indultado por asaltar a un menor). Aunque Gacy negó cualquier relación con Piest, la Policía logró una orden de registro de su domicilio en la que se incautó del más completo arsenal de instrumentos de tortura jamás visto en la región. Pocos días hicieron falta para lograr que Gacy confesara y entregara a la Policía un detallado plano del jardín de su casa, en el que había marcado los lugares donde yacían los 33 cadáveres. En su declaración final, la vida del payaso asesino pareció sacada de una película de terror. 

Durante el juicio, Gacy aseguró que existían “cuatro John: el contratista, el payaso, el vecino y el asesino y constantemente respondía con las palabras de uno y de otro”. Lo que no pudo explicar fueron los motivos que le llevaron a dejar con vida al joven Rignall, cuya declaración sirvió para mandar al criminal a la camilla donde se le aplicó una inyección letal el 10 de mayo de 1994. Sus últimas palabras fueron : “¡Besadme el culo!”

sábado, 1 de julio de 2017

La resurrección de Loret Blackman


Basado al parecer en una leyenda real, circula para quién quiera escucharlo un cuento conocido como “El Despertar” que narra la resurrección de un “no muerto“, de un ser que fue enterrado como un cristiano para bloquear sus maléficos poderes, pero cuya resurrección fue profetizada. Sucedería, añade, a los cien años de permanecer bajo tierra y en ese momento volvería a la “vida” para recuperar su reino de terror. En este cuento hay también una protagonista femenina: Marlene, la redactora de una revista de sucesos paranormales en la Baja California.

Esta joven periodista, en un rutinario rastreo por Internet buscando historias, descubrió la leyenda de Loret Blackman, el vampiro. A menos de un día de su resurrección, la joven no pudo frenar su vocación periodística y, ni corta ni perezosa, decidió personarse en el lugar donde estaba enterrado el vampiro. Emocionada por la aventura en la que iba enfrascarse, convino invitar a su novio a que la acompañara. Éste, a regañadientes, aceptó el siniestro viaje, con la esperanza de que Marlene desistiera en el último momento.

De camino a la tumba de Loret Blackman, la pareja se percató de que estaban adentrándose en un terreno yermo y abandonado, inimaginable en sus peores pesadillas. No obstante, continuaron con el viaje. Caía la tarde del día señalado, y la pareja se adentró con su coche en las profundidades el mismísimo infierno. En una bifurcación de la abandonada carretera, estos tomaron un sendero que los conduce a la entrada de un pueblo, cuyo letrero de bienvenida rezaba lo siguiente: “Bienvenido a La Purísima”.

Circulaban a poca velocidad, enmudecidos ante tal espectáculo: las fachadas de las casas estaban totalmente cubiertas de polvo, en el aire se respiraba la más absoluta soledad… Sin duda, parecía que se encontraban en un pueblo fantasma. Acordaron rastrear el lugar a pie. Al llegar a la plaza, un sonido atronador, el de una campana, los asustó. El sonido provenía de la Iglesia del pueblo. Siguieron el estruendo hasta la pequeña edificación. Allí se encontraron a unos pocos habitantes que escuchaban atentamente al sacerdote, quien rezaba por el alma de los presentes, ya que un terrible suceso estaba a punto de sucederse.

Tras unos quince minutos en silencio, los pocos habitantes se marcharon en procesión hacia el cementerio. La pareja se acercó al sacerdote y permanecieron allí, expectantes.

Al caer la tarde, los testigos de la resurrección del vampiro emitían gritos de angustia y lloraban de terror. Incluso alguno imploraba a Dios que no permitiera esa atrocidad. Tras unos instantes de inusitada calma, un bandada de cuervos emprendió un cruel ataque contra los habitantes del pueblo. Marlene, única superviviente, permanecía petrificada por el pánico.

Finalmente, Loret Blackmen no se hizo esperar. Se levantó de su tumba, con su cuerpo putrefacto y con unas terribles ansias de chupar sangre. Marlene fue su primera presa. Mordió en su yugular para robarle las fuerzas a través de su sangre fresca. El novio de ésta, malherido, intentó atacar al vampiro, quien le atravesó al abdomen con una mano. Ella, horrorizada, lo vio morir.

sábado, 17 de junio de 2017

7 Sucesos paranormales ocurridos en rodajes de películas

1º El Exorcista

Esta película tuvo un rodaje bastante complicado. El estreno se tuvo que retrasar varios meses ya que hubo un inexplicable incendio en los estudios Warner.

Pero los sucesos continuaron. Varias muertes en el equipo de rodaje (y familiares) empezó a causar pánico entre todos. El primer día de inicio de la grabación, dos personas familiares del equipo de reparto murieron, y ese mismo día, murió un empleado de seguridad, un especialista y los actores Maliaros y MacGowran.

2º La Profecía

Esta película marco las vidas de los protagonistas. Incluso el director del film, Richard Donner, recibió presiones para impedir que el rodaje comenzase.

Al actor Gregory Peck, recién comenzado el rodaje, mientras viajaba a los angeles, un rayo impacto en la aeronave. Esto no sería m´ñas que una anécdota si no fuese porque otro avión, donde volaban los guionistas, tres días más tarde recibió el impacto de otro rayo.

Por otra parte, uno de los técnicos de efectos especiales, sufrió un grave accidente de tráfico. El coche quedó destrozado, y su acompañante decapitada por una de las ruedas. En una de las escenas de la película había una muerte muy parecida.

3º El Cuervo

Brandon Lee fue el protagonista de la película. Este murió durante el rodaje con mucha polémica, ya que durante una escena de acción este fue disparado con un arma de fogueo que realmente no lo era. Cayó fulminado. Se echó la culpa al equipo de efectos especiales de la película, aunque este no fue el único hecho extraño.

A parte el equipo de grabación sufrió diversos incidentes. Un técnico tuvo graves quemaduras en un ascensor y un especialista se callo de un andamio rompiéndose varias costillas.

4º Poltergeist

Esta película tiene en su haber varios sucesos inexplicables. Durante el rodaje las luces se encendían y apagaban sin explicación, y varios sucesos tuvieron lugar después de su estreno.

Julian Beck falleció de cancer de estómago y la actriz Dominique Dunne fue estrangulada por su novio. Ademas la niña protagonista murió a los 12 años cuando en el hospital le diagnosticaron gripe cuando era una dolencia de estómago.

5º Tres Hermanos y un Biberón

Casi todos los sucesos paranormales ocurridos en películas han sido en el género de terror. Sin embargo en este caso es en un film cómico.
Durante el rodaje, cuando uno de los actores sujeta al bebé en brazos, un niño que nadie conocía apareció detrás de las cortinas. La leyenda urbana dice que era un joven asesinado. Los productores dijeron que era un muñeco de carton que los técnicos de otro film habían olvidado.

6º El exorcismo de Emily Rose

La película esta basada en hechos reales, cosa que causo mucho más impacto en el equipo de grabación. La actriz que interpretaba a Anelisse Michel, Jennifer Carpenter, señalo que durante el rodaje pasaron cosas muy extrañas en su casa, como que la radio de su habitación se encendía ella sola siempre con la misma canción “Alive” de Pearl Jam. En el estribillo de esta canción se dice “Estoy vivo”.

7º Annabelle

El equipo de grabación reconoció que durante el rodaje la muñeca cambiaba de posición ella sola. Además una de las lamparas se empezó a mover ella sola hasta caer.

Por otra parte la “dueña” de Annabelle afirmo que esta le dejaba notas escritas, cosa que el director afirmó lo mismo.

domingo, 4 de junio de 2017

El poltergeist de Rosenheim


El ejemplo quizás más famoso del mundo de un caso de poltergeist es probablemente el estudiado por Hans Bender (profesor alemán) y que es conocido bajo el nombre de "El poltergeist de Rosenheim". Aquí os dejamos algunos extractos del relato de los hechos.

"Una mañana fría de noviembre de 1967. La mayoría de los empleados del abogado Sigmund Adam ya se encuentran en su puesto de trabajo de la ciudad alemana de Rosenheim. Una de las últimas personas que llegan es Anne-Marie Schneider, una secretaria de dieciocho años recientemente contratada. Anne-Marie entró en el vestíbulo y se quitó su abrigo. 

Conforme ella pasó bajo una lámpara del despacho, ésta comenzó a balancearse, pero la chica no observó nada del fenómeno. Anne se dirigió hacia el guardarropa y el movimiento de la lámpara se intensificó. La lámpara del guardarropa comenzó a moverse. Un empleado que la había estado observando desde su entrada le gritó: "¡Achtung! ¡Die Lampe!" Anne-Marie se acurrucó y se cubrió con su abrigo para protegerse. Instantes más tarde, la bombilla de la lámpara del guardarropa explotó, proyectando una lluvia de trozos de cristal en dirección a la joven secretaria. Las lámparas dejaron de moverse. Todo parecía recobrar la normalidad.

Sin embargo el abogado estaba muy nervioso. Su oficina sufría una autodestrucción rápida y sus asuntos iban muy despacio. Los tubos fluorescentes del techo se averiaban constantemente. Incluso llegó a producirse una explosión fuerte de uno de ellos y estropearse toda la iluminación del edificio. Cuando el electricista examinó los tubos de neón se percató que éstos habían girado 90 grados interrumpiendo la conexión eléctrica. Apenas los hubo reparado todos, otro ruido violento se oyó y las luces volvieron a apagarse totalmente. Incluso cuando no estaban encendidas, las bombillas explotaban.


Los teléfonos también sufrían extrañas circunstancias. Las cuatro terminales sonaban al mismo tiempo sin que hubiera nadie al otro final del hilo. Las conversaciones telefónicas eran interrumpidas durante períodos cortos o cortadas para siempre. Las facturas de teléfono alcanzaron importes excesivos y en ella aparecían números que nunca llamados.

Al principio, Adam y sus empleados sospechaban de una deficiencia del sistema eléctrico. Ingenieros de la central eléctrica municipal y de la oficina de correos acudieron para lograr detectar todo cambio de intensidad del flujo. Esto lo detectaban mediante equipos de control instalados sobre las líneas eléctricas. Estos equipos registraron fluctuaciones muy importantes del flujo, que a menudo coincidían con los fenómenos observados. 

También se conectaron aparatos de registro sobre los teléfonos para guardar rastro de todas las llamadas que se emitían desde las oficinas. Casi desde su puesta en marcha, los aparatos registraron llamadas enviadas desde las oficinas sin que nadie utilizara el teléfono.

El profesor Hans Bender de la universidad de Fribourg, investigador reconocido en materia de poltergeists, llegó en compañía de unos colegas a primeros de diciembre de ese mismo año. Una semana después se reunieron con dos físicos del Instituto Max-Planck, especializados en la física de los plasmas, que comenzaron a buscar anomalías en la instalación eléctrica y telefónica. 

El equipo de Bender observó rápidamente que los fenómenos inexplicables y las perturbaciones de potencia se producían sólo durante las horas de trabajo. Y siempre tenían como centro la persona de Anne-Marie. A menudo, la primera anomalía registrada por el material de vigilancia se producía en el momento en el que Anne-Marie cruzaba el umbral de las oficinas por la mañana.

Desde que Bender expuso su convicción de que las perturbaciones eran debidas al PK, la actividad de poltergeist se intensificó. El equipo de Bender, así como los ingenieros de la compañía de electricidad y los oficiales de policía, llegaron a observar platos decorativos saltar de las paredes y cuadros mecerse e incluso girar alrededor de su gancho. Bender grabó lámparas que oscilaban y ruidos de detonaciones, aunque no pudo registrar los movimientos de los cuadros. Otro investigador sí pudo registrar un cuadro que efectuaba una rotación de 360 grados sobre su eje. El equipo de Fribourg observó cajones que se abrían ellos mismos y documentos que se desplazaban solos.

En dos ocasiones, un archivador de unos 150 kilos se alejó de la pared una treintena de centímetros. Mientras que se producían todos estos fenómenos los investigadores percibieron que Anne-Marie se encontraba cada vez más nerviosa. Llegó un punto que la joven secretaria manifestó contracciones histéricas en brazos y piernas. Cuando ella cogió unos días de descanso, los fenómenos cesaron en seguida en la oficina. Como si allí nada hubiera ocurrido nunca. Poco después Anne-Marie encontró un empleo en otra parte y en la oficina del abogado no volvió a suceder ningún fenómeno inexplicable. Aunque en las oficinas donde trabajó Anne-Marie posteriormente, comenzon a producirse perturbaciones increíbles. Aunque éstas nunca llegaron a ser tan intensas como en Rosenheim y poco a poco fueron cesando.

En más de treinta y cinco casos estudiados por el profesor Bender, éste siempre afirmó que el de Rosenheim fue el más impresionante."

La leyenda de John Wayne Gacy

El lector que a partir de ahora va a adentrarse en la historia real de John Wayne Gacy descubrirá que el mal humano se esconde en lugar...